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EL RESPALDO DE TRUMP YA NO ES UNA GARANTÍA: MILEI QUEDA EXPUESTO TRAS EL GIRO POLÍTICO EN ESTADOS UNIDOS

El alineamiento incondicional de Javier Milei con Donald Trump comienza a mostrar una de sus principales debilidades: haber convertido una relación estratégica entre dos países en una apuesta política atada al destino de un dirigente extranjero. El nuevo escenario electoral estadounidense, con una victoria demócrata que modifica el equilibrio de poder en el Congreso, obliga al Gobierno argentino a revisar una estrategia que hasta ahora presentó como una de sus principales fortalezas internacionales.

La cercanía con Trump le permitió a Milei conseguir un respaldo político y financiero decisivo durante 2025, cuando la Argentina atravesaba fuertes tensiones cambiarias. En aquel momento, el Tesoro estadounidense, bajo la conducción de Scott Bessent, intervino en el mercado mediante la compra de pesos y anunció un acuerdo de intercambio de monedas por hasta 20.000 millones de dólares. La asistencia representó un apoyo extraordinario para la administración libertaria y también una señal de respaldo internacional en un momento de fragilidad política y económica.

Sin embargo, ese beneficio tuvo un costo que ahora empieza a quedar más expuesto. Milei no se limitó a fortalecer los vínculos institucionales con Washington: eligió identificarse personalmente con Trump, respaldó su proyecto político y se involucró en una disputa electoral que pertenece a la sociedad estadounidense. Esa decisión puede convertirse en un problema cuando cambia el mapa de poder del país que el Presidente argentino eligió como principal aliado.

La derrota republicana en las elecciones legislativas y el avance demócrata sobre las dos cámaras del Congreso modifican el escenario político de Estados Unidos. Trump continuará en la Casa Blanca hasta el final de su mandato, pero tendrá menos margen de maniobra frente a un Congreso con una composición adversa. Para la Argentina, el cambio abre interrogantes sobre la continuidad de la asistencia política y financiera que recibió durante el año pasado.

La incertidumbre no significa que el respaldo estadounidense vaya a desaparecer automáticamente. Los instrumentos financieros y las relaciones entre Estados no dependen exclusivamente de una elección legislativa. También intervienen intereses económicos, decisiones del Tesoro y la relación institucional entre ambos gobiernos. Pero tampoco existe una garantía de que la administración estadounidense mantenga las mismas condiciones de apoyo si el contexto político cambia o si los intereses de Washington dejan de coincidir con las prioridades de Milei.

El interrogante adquiere mayor relevancia frente a las elecciones argentinas de 2027. Si el Gobierno vuelve a enfrentar dificultades cambiarias o necesita asistencia externa para sostener su programa económico, deberá demostrar que cuenta con relaciones internacionales capaces de sobrevivir a los cambios políticos de sus aliados. La Argentina no puede depender exclusivamente de la voluntad de un presidente extranjero ni de la afinidad personal entre dos mandatarios.

El problema de fondo es que Milei confundió, en demasiadas ocasiones, la relación estratégica con Estados Unidos con su identificación política con Trump. Una cosa es construir acuerdos con una potencia mundial y otra muy distinta es comprometer la política exterior argentina con la suerte electoral de un partido extranjero.

La experiencia demuestra que las relaciones internacionales necesitan continuidad, pragmatismo y capacidad de diálogo con gobiernos de distinto signo político. El vínculo con Estados Unidos debería sostenerse sobre intereses económicos, comerciales, energéticos y diplomáticos, no sobre la adhesión personal a un dirigente.

El Gobierno argentino consiguió beneficios concretos de su acercamiento a Trump, pero ahora enfrenta el desafío de sostenerlos en un escenario menos favorable. El respaldo externo que Milei exhibió como una fortaleza puede transformarse en una vulnerabilidad si la Casa Rosada no logra construir una política exterior que vaya más allá de una alianza personal.

La Argentina necesita socios que permanezcan más allá de los resultados electorales. Y esa es precisamente la cuenta que empieza a llegarle al Presidente: el precio de haber apostado demasiado a un solo aliado.

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